Yo y mi yoyo

Cuantísimo nos gusta esa sensación de cuasi orgásmica que nos provoca reconocer algo, sea lo que sea, y repetirlo hasta la saciedad. Como el ola k ase que casi nos deja a todos tontos  destruyendo nuestra capacidad de razonamiento. Cuantísimo nos gusta ver algo desaparecer… Para verlo reaparecer de nuevo.

Ahora que se terminaron las Navidades, ya hemos dejado de ser buenas personas y no repetimos lo mucho que nos encanta esa época (casi como cuando esperas a que alguien se vaya para comenzar a ponerle bien fino –filipino-). Quiero confesar que ODIO esa necesidad del “vuelve a casa por Navidad”, y más aún la frase en sí… ¿Cuántos años pasaron ya de ese anuncio? Resulta que va a ser el primer viral, y la gente hablando del Amo a Laura.

Hace poco me vi involucrada en el relato de Freud sobre su nieto. Hablaba del placer del fort/da. Del desaparecer para reaparecer de nuevo. Se ve que el chaval lanzaba sus juguetes detrás de la puerta gritando, y luego se alegraba al reencontrarse con ellos tras el marco. Vamos, más o menos el gran truco de magia que la gente suele hacer frente a los bebés tapándose  la cara para luego mostrarla y hacerles flipar en colores. Qué cosas tienen los niños.

yoyos

El caso es que esto me hizo reencontrarme con una vieja historia de mi infancia en la que, con una flecha hueca, me lancé a conocer la aventura de la comunión con una piedra. El borde del arma letal en mi boca, y la piedra de paseo: A la flecha, a la boca, a la flecha a la boca, a la flecha… Finalmente tuve que encontrarme con la piedra por otras vías. Una historia que me encanta tanto como me desconcierta, y digamos que  el nieto de Freud me hizo entender esta breve situación de locura transitoria.

Ahora me imagino, además, que por eso se dice tanto eso de “nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. Porque cuando lanzamos algo lejos, y cuando esa posibilidad de reencuentro es remota o inalcanzable, ese placer del que hablaba antes se queda incompleto. Y no hay nada peor que un placer a medias, porque comienza siendo medio bueno, y se convierte en un amargo final, como cuando te toca la pipa podrida.

Esperabas que volviera pero no lo hará y tu fort se queda cojo sin el esperado da.  Al final, no somos tan distintos a los niños, aunque nos guste creer lo contrario. La mecánica se apodera tan fácilmente de nuestras vidas que a veces incluso asusta. Porque todo lo hacemos sin pensar. Lo tiro, lo recojo. Lo tiro…

Pero en mi humilde cabeza loca -tragapiedras- creo que cuando dejas de lanzar y te lanzas es cuando algo de verdad merece la pena. Cuando aflojas los piñones y en lugar de lanzar inconscientemente un yo-yo, te lo piensas un par de veces. Cuando dejas de actuar de manera mecánica ya sea en el amor, en la amistad o en la vida.

Porque podríamos pasarnos todos y cada uno de los días encontrando algo que nosotros mismos pusimos ahí. Podemos hacerlo. Pero la mayor satisfacción no reside en reencontrar, sino en lanzarse, y encontrarse a uno mismo.

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