Infancias bestiales

Cuando dicen que los españoles no sabemos cómo hablar inglés lo entiendo (y no por la portentosa demostración  de Ana Botella) sino porque hasta que no ponemos un pie en una escuela  de idiomas, o no salimos del país, en nuestros colegios e institutos no hay nadie que se digne a dedicar tiempo a nada que se salga de la gramática. De la teoría, de lo importante.

 Durante mis años como estudiante conocí mil formas  diferentes de catalogar los géneros periodísticos, pero pasó mucho tiempo hasta que pude dominar alguno. En la universidad estudiamos fórmulas estadísticas inconscientes de que esas cifras pronto serían personas sin trabajo. Tampoco nos interesamos por saber que nosotros podríamos ser una de ellas. La esperanza es lo último que vamos a perder.

Durante cuatro años nunca pensé en cómo sería una entrevista de trabajo y, de repente, me encontré en una sala con 15 extraños a los que podía verles desde la entrada las gomas de la careta. Todos sonrientes, todos (cómo no) afirmaban dominar el inglés y todos, incluyéndome, estábamos interesados en trabajar como dependientes para una famosa tienda de zapatos deportivos. Había periodistas, operadores de cámara, abogados recién licenciados, gente sin estudios… Éramos todos, en esa mesa redonda, la perfecta estampa donde solo faltaba un pavo para celebrar la Navidad, o un par de artilugios de cocina para que arrancase Battle RoyaleSonrientes bustos que afilaban sus cuchillos bajo la mesa.

psicopajaros

Conocía las excentricidades de la psicología, y sabía que durante esa media hora podrían preguntarnos cualquier cosa. Diez minutos más tarde todos  estábamos figuradamente en una isla desierta de un kilómetro donde cada uno debía enumerar por orden de prioridad las acciones a seguir en una lista predeterminada. Nuestra labor posterior fue realizar una sola lista entre todos, mientras los RRHH nos miraban como buitres en busca de carroña. Supongo que buscaban al líder, o quizás todo lo contrario. Enseguida me di cuenta de dos cosas. La primera es que Lost ha hecho un gran daño en la sociedad. No tenían ni idea. La segunda es, que a medida que nos daban la corrección, fui comprobando como la lista común era un desastre, mientras la mía estaba perfecta. Eso solo podía significar una cosa: Sólo yo me había criado en una aldea. No había duda…

***

En una tarde soleada de verano, las malas hierbas del borde del camino todavía no habían sido podadas. ¡Estos del Ayuntamiento siempre tienen algo mejor que hacer! El sol se debilitaba y las abuelas salían a las terrazas a sentarse al fresco, porque no hay mejor excusa que esa para vigilar, ni mejor policía que ellas en la aldea. Gracias a ellas descubrí el verdadero significado de los agujeritos de las persianas, la habilidad de ver sin ser visto, ¡qué portento! Mi abuela había vuelto de su habitual paseo. Caminaba despacio con el bastón  y, al llegar, comienzó a contarme la historia. La desconcertante historia de un joven que se había vuelto loco y hablaba solo, o con su perro, ambas teorías podrían ser válidas. Los datos todavía  no estaban confirmados. En el pueblo las señoras lo habían catalogado ya en el rincón de la gente “que non é ben” y miraban fascinadas como un chico tan normal podía desprender tanta locura por las callejuelas de mi aldea. Lo que ellas no sabían es que el chico no escuchaba música, sino que llevaba el manos libres en el móvil.

bestias

Las abuelas son así de metomentodo, unas cotillas, unas criticonas. Ellas necesitan saber de ti porque ya no les queda tiempo para poder tener sus propias aventuras. Pero, ¿por qué nos molestan tanto si diariamente colgamos las más absolutas desfachateces en un muro donde más de 300 personas podrán seguir y comentar nuestras peripecias? Hipocresías del siglo XIX.  Pero las abuelas son solo una parte, una muy pequeña de todo lo que supone vivir en una aldea.

 En una aldea los niños no necesitan una niñera para ir al parque, van solos al monte y allí encuentran material para construir sus propias cabañas. Salen a la calle, no piensan en la teoría, porque lo que primero para ellos es la práctica, y mediante el ensayo-error, acaban creando grandes fantasías, cazando lagartos, y arcos que desearían en Los Juegos del Hambre. La infancia en el pueblo es una infancia libre, lejos de grandes ladrillos, donde la imaginación es lo único que cuenta. Son sabios, porque allí no existen las recomendaciones de edad. Saben a ciencia cierta de donde viene la expresión “chillar como un cerdo”, y lo que cuesta llegar una bolsita de pimientos de padrón. Los niños en la aldea son súper niños. Viven en cabañas de madera, no en los castillos de cristal que en el colegio construyen para ellos. ¿Y sabéis lo bueno? Que los niños de la aldea no son como sus abuelos, y no les importa lo que digan los demás. Pasan de la teoría, se concentran en la práctica.

Por todo esto me sorprende cuando alguien dice: creí que te convertirías en una fisna después de vivir en la gran ciudad. Porque yo, como niña de aldea, nunca me he preocupado porque me vea alguien que me conozca comprando en pijama, por llevar unos pantalones espaciales o con un carro de la compra por la acera. Porque ya, desde muy pequeña supe que no hay nada como ser como tú te sientas. Porque, en la práctica, lo importante es  sentirse libre y dejar a los demás que piensen que estás loco, estés entre árboles o entre rascacielos.

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