De súpeto

Todo sucede tan rápido, tan a traición, que apenas te das cuenta. No recuerdo que ropa llevaba el día que me hice mayor, seguro que no era de gala. Probablemente no fuese ni decente, como suele decir mi madre -yo me hago la incomprendida, pero no es la edad, es que para gustos los vaqueros-.

Recuerdo una ocasión en la que, en mi primer piso de estudiante, me pregunté por dónde se empieza para rellenar todas las alacenas de una cocina. ¿Qué hace falta?, ¿azúcar? Pero la curiosidad nos hace crecer de otra manera, que no es lo mismo que hacerse mayor.  Cuando era pequeña lo que más me gustaba de Renfe era poder “vivir a todo tren”. Y cuando el papel llega fácil, suele ser muy fácil dejarlo ir. Un poco la vida del político (no sé si he de decir profesional), que recibe de su “mamá” una ingente cantidad de dinero que despilfarrar y, con todo, siente la tentación de robarle unos euros de la cartera. A hurtadillas, un par de euros para ella no serán nada, y a mí me dan un jueguecito que no veas.

Un día cualquiera algún villano, favorito o no, pinchó mi burbuja universitaria –pompa peor que la inmobiliaria- y me dejó caer al vacío de la incertidumbre. De las ganas. Del que rema y no sabe hacia dónde, pero no se cansa, ¡qué bien sienta remar!. Nos dejó, a mí y a muchos, solos solitos ante el “no tienes muchas salidas”, el “son jóvenes aventureros”… Ante la tiranía del becario, de la buena fe, del darse a conocer, del aprender cosas… Nos dejó solos mientras, por mucho que reteníamos los papeles que ya no habían llegado fácilmente, ellos se evaporaban entre nuestros dedos.

Un día me hice mayor, no sé qué pasó, pero el espejo me engañó. Tuve que aprender mucho y muy rápido sobre las cosas que hace la gente que no te quiere, supe sacar el hacha para ganar unos cuantos papeles. Tuve que poner buena cara y hablar más de lo que me gustaría. Logré poner el telediario a la hora de comer, aunque todavía no lo entiendo.  Me hice mayor y eché de menos, y también mucho de más. Me entristecí al pensar que es más gente de la que yo creía la que piensa en cómo llenar sus alacenas. Y los peques no lo saben. Y no quieren hacerse mayores.

Pero desnudos o vestidos les pillará de sopetón, como a mí.

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