Amigos perros

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va, repiten una y otra vez Los Del Río cada vez que algún insensato decide presionar el play  de la dichosa canción.  Lo cierto es que es una verdad tan absoluta como estúpida es la historia de Macarena y su novio.

Pero hay amigos que se van a sabiendas de que volverán, y otros que, por fuerza, solo existirán en el recuerdo, como si nunca los hubieras conocido y todo fuese parte de una extraña alucinación o sueño. El tercer tipo es el de los amigos que se van lentamente, difuminándose como un mal enfoque hasta acabar desapareciendo sin levantar las sospechas de nadie. Entonces, quizás hayan pasado años cuando un día te dices: ¿Qué ha pasado  con el Teletexto?

Sí, ese gran amigo y aliado. El Internet de las televisiones, y la única red que conocí durante años hasta que el ADSL de Movistar llegó -tardío- a las inmediaciones de mi casa en medio del monte y cuatro casas más.

Nadie te pronosticaba la programación como ese pantallazo negro con letras de colores estridentes. El mando de la tele era cómplice, y pasaban días hasta que memorizabas los comandos y “navegabas” de manera sencilla. Lo intuitivo no existía en el Teletexto, y esa serie de endiablados números iban y venían haciendo que conocer la previsión meteorológica fuese equiparable a encontrar el inicio del celo –o fixo, como prefieras-.

Yo esto no lo sabía, quizás porque a mi temprana edad todavía no se me habían desvelado los “vicios y virtudes” de los juegos de azar, pero el uso por excelencia del Teletexto es la consulta del número premiado de la lotería. Un manido recurso que mi abuelo utilizaba semana tras semana para saber si esa supuesta fábrica de sueños había encontrado las claves para hacer realidad los suyos. Ahora creo que la Once y el Teletexto tienen mucho más en común de lo que creemos. ¿Serían esos aberrantes colores una estrategia? Nunca lo sabremos.

El caso es que fue en ese preciso instante, mientras mi compañero de piso recorría la casa preguntándose si sería millonario gracias al once del once de la Once, y ante la respuesta ausente de la Red, cuando, rodeada de sartenes y fogones pensé: Teletexto, ¿cómo acabaste con nuestra relación sin que me enterase siquiera?

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