Historia de un domingo

Un parque de atracciones. Motos de nieve a poca velocidad.

Alrededor del camino blanco, figuras de escarcha perfectamente esculpidas erigen un pasillo helado.

Sus gélidas miradas petrificadas detienen los segundos, mientras el conjunto de estatuas efímeras funciona como una suerte de éxtasis en las neuronas iniciando un viaje mental a la infancia más despreocupada.

El resultado de la postal es un lugar por el que tanto Kubrik como Wes Anderson se apasionarían.

A veces sería terrorífico, otras muchas todos querrían hacerse una foto allí.

Y así.

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