Lo más desconcertante de todo es que, si realmente sucede lo improbable (una Apocalipsis zombie), no tendré una casa que verme forzada a abandonar. Bueno, sí

pero ya se sabe. En una situación de emergencia, sálvese quien pueda.

Todas mis obsesiones en forma de coleccionables pasarían a un segundo plano.

El pellejo es lo primero.

Ni recordaría la ingenuidad de pun pun, ni pensaría en buscar todas esas entradas de cine.

Hay prisa.

Para cuando los alelados consiguiesen abrir la puerta, todo aquello que tantas horas de pensamientos acaparó, ni siquiera robaría un segundo de atención de esos descerebrados.

Y esa sería la peor muerte

-no la de los ignorados por los muertos-

sino la de mi identidad.

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