En Turquía los edificios  se construyen más rápido que mis pensamientos. Los guardianes de la noche son perros callejeros y sus correspondientes antagonistas, los gatos. Puedo reírme a carcajadas sólo por oír cosas como “tienes unos ojos preciosos“. Las oraciones edulcoran los momentos de sol, y te ponen los pies en la tierra, que falta te hace. Cuando necesitas un día tranquilo los Kaza no dan tregua y, cuando menos te lo esperas puedes tener el mejor día de tu vida, o el mejor momento, o el mejor segundo, de esos que duran para siempre aunque consciente de tus problemas intentes exterminarlos con Raki. La gente está confusa a menudo, pero dudo que esto tenga algo que ver, porque a pesar de todo, en Turquía el miedo lleva la voz cantante, y todos nos arrodillamos ante él, sea por una cosa u otra. Lejos pero cerca de casa, mucho pero demasiado poco tiempo para respirar este aire, para tocar estas paredes. Para oír estas voces. 
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