Entonces llegó a su nuevo hogar (que nunca lo sería) y acomodó todas las cajas. Desvalida, desesperada, cansada. Se dijo “un último esfuerzo más y todo acabará”. Y así fue, solamente quedaba desembalarlo todo y colocarlo. Guardar cada cosa en el sitio exacto, en el que le corresponda. 
Comenzó por las fotografías, todas aquellas que nunca hizo, todas las que nunca clasificó en un álbum. No perdería el tiempo en eso, no existe más maravillosa instantánea que la que el ojo humano puede capturar, no existe momento más perfecto que aquel que estaba guardado en su pequeña y frágil memoria.  La ropa sería lo siguiente. Prendas nunca tejidas por sastre alguno, únicamente confeccionadas a partir de tu saliva, de tus besos, de tus ojos que constantemente trataban de desnudarla. Tanto fue así, que decidió que nunca más llevaría prendas de ese tipo, de las que os separan. Los libros en los que cada noche adivinaba tu presencia tampoco estaban. Hojas en blanco, bañadas en la legía que provocan tus caricias, de esas que crean y destruyen más de mil palabras con cada ROCE, más de mil sueños. Se dijo, entonces, que ya podría irse a la cama, aun siendo perfectamente consciente de que nunca podría dormir, no sin tu presencia.
La casa estaba vacía, ella estaba loca. O eso decían todos.
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