Lo más desconcertante de todo es que, si realmente sucede lo improbable (una Apocalipsis zombie), no tendré una casa que verme forzada a abandonar. Bueno, sí

pero ya se sabe. En una situación de emergencia, sálvese quien pueda.

Todas mis obsesiones en forma de coleccionables pasarían a un segundo plano.

El pellejo es lo primero.

Ni recordaría la ingenuidad de pun pun, ni pensaría en buscar todas esas entradas de cine.

Hay prisa.

Para cuando los alelados consiguiesen abrir la puerta, todo aquello que tantas horas de pensamientos acaparó, ni siquiera robaría un segundo de atención de esos descerebrados.

Y esa sería la peor muerte

-no la de los ignorados por los muertos-

sino la de mi identidad.

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La escalera está en llamas

sin tu humo paseando lentamente por su piedra

Como mi sonrisa por tu cara

antes de ser metálica y fría

Sin embargo, para odiarte no hay agujas. No hay alarma para explicarte lo que hay abajo.

En fin, que, ahora que ya has subido,

perdí el pasamanos.

Mi yo feminista

Cuando esa luz se apodera de mí, también soy esa otra persona.

Miro hacia atrás y la veo.

La que no se calla, la que opina fuerte, la que se incomoda, la que siente el asiento en llamas

Y se le llena el pecho,

se le ensanchan los hombros,

crece diez centímetros,

pesa el triple,

tiene coleta de caballo y

a fin de cuentas

es alguien que se parece bastante a Xena.

Pero solo soy yo permitiéndome ser yo misma.